domingo, 29 de agosto de 2010

El eterno presente de la montaña




No despertaron nuestros pasos la emoción de la piedra.
Éramos animales efímeros,
vacilantes y sordos sumidos en la niebla,
pero movidos por el fuego
fuimos directo a las cavernas
en pos del eterno presente de la montaña.

Como un latir de corazón
nuestro cuerpo adaptaba sus formas
para hermanarnos con la roca,
el granito ajustó nuestro ascenso
con las manos y labios asido a sus aristas,
los pasos se elevaban
por el auxilio de la piedra.

Todo es extraño y a la vez cercano
porque siento mi casa inmediata a tus rocas;
hay un amor tangente en tus tonos y vetas,
en la divina gracia de tus elementos,
en tus fuentes exactas,
en la energía de la tierra, del agua y del bosque,
pero soy solo un invitado que se derretirá como el plomo,
un invitado frágil que no te besará lo suficiente,
como si un eterno círculo nos fundiera y alejara constantemente.

No podría decirte en qué punto, en qué momento
me hablaron los colores:
todos los ocres y amarillo y grises de la tierra,
el bosque y la madera, la ceniza y la luz
el olor y el silencio;

ahora, desearía poder interpretar tus signos,
danzar en tus silbidos, reír con todos mis dientes
y poder apoyarme en el viento,

pero me pesa el cuadro ausente de tu mirada,
de tantos que te han buscado
yo soy el más indigno de tus amantes,
sin proclamar mi apego
descubrí tus mejillas de coloso
y en silencio prendieron las brasas que me llevan a ti.

.
Ascensión a El Kriváñ (2494 m).

Eslovaquia 18-10-2010)

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